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lunes, 5 de noviembre de 2012

HORIZONTES ENCONTRADOS EN "LA MORFOLOGÍA DEL TIEMPO" DE PEDRO OLÓRTEGUI.



Por: Gloria Dávila Espinoza*
        Desde el título de la obra, el poeta ayacuchano Pedro Olórtegui, nos entrega una singular obra poética, “La morfología del tiempo” No quepa la menor duda que provoca leerla, y beber de su poesía, para oír la voz del poeta, en ese silencio que arremete hasta encontrarnos “Oscilando en el extravío” como cuando señala en (p. 13):

“No recuerdo a la muerte sobre mis ojos
Ni a ella doblemente muerta.
No recuerdo haber pasado una temporada en el infierno pero sí, a la sombra de un ciprés, haberme hallado bailando y ahorcado.”

   Leer su poesía evoca la razón única de atisbar con detenimiento y celeridad la poética de los jóvenes en este siglo XXI, en donde cada verso trasuntan sus pensamientos, sueños y sufrimientos; y tal como nos ofrece Olórtegui en su verso-mundo, toda su creación artística, y ella nos conduce de la mano a transitar por los meandros de ese pasadizo de su poesía existencialista que pese a su juventud no está exenta de madurez literaria, como tal, declaro que sus poemas navegan en un mar de melodías-versos y su secreto es develado de modo muy sutil, allí, precisamente, en cada uno de sus poemas que liberan adrenalina y regresión como en la rueda del Samsara. Acá un ejemplo un extracto de: “Pretérito en el exilio” (p. 36):

“Ya todo se pierde,
entre los vientos
sobre el desierto agrietado,
tirana noche de las llanuras,
en la tarde desembocada de crespúsculos.
más allá de las montañas
En el huesudo peso de la ausencia”

La poesía es valedera si leerla genera no solo emociones, sino inmensas ganas de reflexionar y eso es lo que me produjeron los poemas de Olórtegui. Su trabajo replantea un nuevo enfoque poético, una mirada más profunda a la poesía. No en vano expone su gusto por la poesía de Edgar Allan Poe, Charles Baudelaire, Alejandra Pizarnick entre otros tantos consagrados maestros de la poesía mundial.

    Recuerdo vívidamente el día que lo conocí: Feria del Libro de Huancayo, a donde me había constituido por invitación de otro poeta. En ese tiempo, Pedro me entregó su poemario, lo había leído con avidez e incluso se lo manifesté: Me agrada tu forma de escribir, rió y dijo: gracias. Y en verdad no solo me agradó sino que me trajo con ella a aquellos filósofos quienes se centraron en el análisis de la condición de la existencia humana, la libertad y la responsabilidad individual, las emociones, así como el significado de la vida. Hoy entrego a ustedes una selección de sus poemas, de este libro “La morfología del tiempo” a fin de que, por cuenta propia, señalen la validez de su hermosa obra poética; la misma que estdá compuesta por 30 poemas y los que se han presentado en dos grupos: Los horizontes perdidos, Estación de Albatros y un epílogo. Larga vida para este poeta y sus creaciones.

      Selección de Gloria Dávila:

OSCILANDO EN EL EXTRAVÍO.
A Pilar, Por el silencio oscuro de su frente.
NO RECUERDO A la muerte sobre mis ojos
ni a ella doblemente muerta.
no recuerdo haber pasado Una temporada
en el infierno pero sí,
a la sombra de un ciprés, haberme hallado bailando y ahorcado.
No recuerdo envolverme en las obscuras ubres de la locura
Ni la inmensidad profunda del abismo.
No recuerdo la rueda ardiente ni el lejano horizonte de Ariel.
No recuerdo el amor en el silencio de Alejandra ni el pájaro profeta que la abrazaba en su naufragio.
No recuerdo el viento y la sal ni a la Alfonsina perfumada y vestida de mar
No recuerdo en Viena el vals junto a Federico en el desván del lirio
Ni al fresco paisaje de su herida que corría de Viznar a Alfacar.
No recuerdo a Juan decirme en una carta abierta y en el exilio que dios era mujer o una enfermera loca de Pickapoom.
No recuerdo la persecución de los pasos invisibles pero sí a las legiones demenciales de la noche.
No recuerdo tener espinas clavadas en el corazón ni Como los erizos habitar el olvido en el si bemol de un Pequeño Rocanroll.
No recuerdo a Julio Ramón en las antípodas de Epicuro Ni a Jekyll y Hyde en la morfina y el gingseng en el Romance de Curro.
No recuerdo ser Piter Pan ni Robinsón de Tournier.
No recuerdo el silencio inmóvil detenerse en la página virgen de una habitación cerrada.
No recuerdo recorrer Comala con el paso extenso, los ojos hambrientos y los latidos secretos.
No recuerdo llevar perdida la mirada en el desconcierto
pero sí al viento soplar la llama invisible dela liento.
No recuerdo aquella Estación violenta la que el sueño y el olvido
me entregaron en una noche desierta.
No recuerdo haber visto el puñal alzarse con delirio ni oír el grito de aquel hombre sobre el sillón de terciopelo verde presa de su martirio.
No recuerdo los Cien años haber pasado sin siquiera con la soledad hacer un pacto honrado.
No recuerdo a Mann, a Yats, a Dylan, no a Bob sino a Thomas.
No recuerdo a Frida esperar alegre la partida y tampoco en su volar volver a verla regresar jamás.
No recuerdo el frío de la noche junto a Joaquín, con sus versos de machín, un trombón y bombín.
No recuerdo a Mario sentirse papel mojado en un buzón sin tiempo y espera y viceversa
Ni a José esperar tan lejos y tan pronto y de cerca y con demora su última llamarada.
No recuerdo la desesperación ni el augurio ni el río ni el destiempo.
No recuerdo a mi Pilar en su ausencia y a su amor en vela dormida
Ni al oleaje de sus manos sostenerme la mirada en mi última caída.

FLOR DE FE.
ENCERRADME EN EL detenimiento
hasta el chasquido ebrio de febrero
perdido en el olor
habitante del extravío
en el pelo delicado de los océano,
sin vida y sin vacíos.
Te llevaré conmigo viento peregrino
amando los minutos,
mojando el alba en los óleos del camino
Solo cuerpo silvestre que se ufana ignorado
con la muerte sola y el dolor en calma.
Desnudo y retirado donde mi corazón me mira
taciturno, inmundo y desierto de más.
Así me veo, hallado en el mar de estepa donde crece
las manos de la sombra que son la nada que me sobra.
Luna de las arenas,
tienes la sangra de un ruiseñor
que agoniza lúgubre con el viento,
sosteniendo,
el cielo y el silencio.

PRETÉRITO EN EXILIO.
YA TODO SE pierde,
entre los vientos
sobre el destierro agrietado
tira noche de las llanuras,
en la tarde desembocada de crepúsculos.
Más allá de las mañanas.
En el huesudo peso de la ausencia.
Ya en el extravío
en el corazón sediento de los pájaros
en las alas de los muertos
bajo el tiempo del otoño
en el alto silencio
desde el olvido.
En los inválidos números infinitos.
Desde donde resopla el viento
el rostro de la sombra por mis manos,
desde donde la muerte,
silente, a esta parte
me obscurece irremediable, el sueño.

*Gloria Dávila Espinoza. Huánuco 1961, poeta, narradora, teatrista y activista indígena. Doctora en Ciencias de la Educación. Traducida al francés, rumano, catalán, alemán, inglés y coreano. Ha sido antologada en Medio Oriente, América del Sur, Europa, Asia y Centroamérica. Premiada fuera y dentro de su país. Ha publicado 6 libros: Redobles de Kesh, Kantos de Ishpingo, La firma, Danza de la noche, El hijo de Gregor Samsa y La casa del demonio.

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