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viernes, 21 de junio de 2013

PANORAMA DE LA POESÍA AYACUCHANA PARTE I

                                                                                      Por : Elmer Arturo Arana Mesias 
Todo intento de sistematización es incompleto, tedioso –para los que se ocupan de ello- y; aún más para aquellos escritores que no desean ser vinculados con una u otra tendencia literaria. Sin embargo, a pesar de todo ello, es necesario tener un panorama general sobre cómo se está desarrollando la labor literaria en Ayacucho a nivel de los jóvenes: de dónde provienen, a dónde van, –si es que tienen algún derrotero- sobre qué escriben, cuáles son sus motivaciones y que rasgos comunes existe entre ellos.
Señalaré, primero, que la opinión que verteré no es más que el producto de las interminables charlas que sostuve con amigos escritores. Es resultado de todo el cúmulo de experiencias recogidas en mi trayecto, así que este escrito se debe tomar como una opinión solamente. 
Un lector desprevenido, pretenderá encontrar en una antología sobre literatura ayacuchana voces netamente ayacuchanas. Y no es así. Algunos de ellos detestan que se etiquete a la literatura: literatura ayacuchana, literatura peruana, literatura regional, literatura joven, literatura infantil, etc. Con esto, afirman, sólo se consigue dividir y desorientar más el proceso literario. “Lo único que debe existir”, afirma Ricardo Ríos, “es literatura, nada más”. 
Los jóvenes que hoy asumen el protagonismo en la literatura ayacuchana no son sólo ayacuchanos, muchos de ellos son foráneos y traen a la literatura ayacuchana nuevas experiencias, nuevas formas de sentir y escribir la literatura. 
Efraín Rojas, piurano, ha vivido en un constante peregrinaje. Para él no existe la patria como espacio político geográfico al que se pertenece, sino como una subjetividad, como una cuestión de identificación, de cariño, de emoción, de afecto por un lugar, su gente. Efraín hace mucho que vive, come, bebe y se pierde entre los ayacuchanos. 
Lo propio podemos decir de Ricardo Ríos, natural de Lima, que ha hecho prácticamente una vida en Ayacucho. Así como ellos podemos mencionar a otros tantos como Pedro Olórtegui, cajamarquino y a Cristian Araujo, huancaíno. 
Muchos de los mencionados aún no han publicado un libro. Recurren a los boletines, las hojas simples, a los trípticos monócromos. La cuestión de los derechos de autor casi es una broma. En la contraportada de “2 al hilo y 3 mentales”, tríptico de Pedro Olórtegui y Vladimir Pizarro hay una frase sugerente: “piratear y difundir”. Lo importante no es la rentabilidad del oficio de vate, sino exteriorizar todo el caudal de sentimiento que ellos desean expresar. 
Cabría tal vez pensar que la labor literaria en algunos jóvenes ayacuchano es sólo una inspiración intermitente y hasta fugaz, desprovista de continuidad. ¿Valdría esto para excluirlos del lugar que les merece dentro de nuestra literatura? Si, como dice Rojas en su libro inédito “Conversación para iniciantes”, “(…) la literatura no debe ser vista como lid o una competencia por saber quién escribió más tempranamente o quién tiene “N” libros publicados es el mejor, eso –excepto casos excluyentes- es un absurdo para el arte de las verdaderas palabras”. 
Salvo Willy del Pozo, Ricardo Ríos, Karl Oharak, Cayo Santos, el resto tiene dispersos sus trabajos en boletines, folletos, plaquetas o los tiene colgado en Internet. 

¿Y LA IDENTIFICACIÓN? 
¿Realmente habrá que escribir en quechua, mencionar el puca picante, las pampas de Ayacucho, las casonas coloniales, a los intrépidos morochucos, tener tono melancólico, dolor vallejiano para producir literatura ayacuchana? Sí, pero no lo es todo, no es lo obligatorio. El asunto radica en identificarse con el momento histórico en el que vivimos. Y los tiempos en que Ayacucho era una aldea silenciosa de callejuelas empedradas, de retama y cabuya bordeando las calles, de cantos sólo de tierra adentro, de molles y chicha de jora, donde se añoraba las gestas heroicas de Ventura Ccalamaqui, María Parado de Bellido, Andrés Avelino Cáceres, han ido cambiando tan vertiginosamente como producto de la masificación de los medios de comunicación y sobre todo por causa de la migración. “Lo que se viene en todo el Perú es la literatura de la migración” afirmaba Miguel Ángel Rodríguez Rea, en un artículo publicado en la revista literaria “Letra Muerta” de Huánuco. 
Los jóvenes se identifican con otros héroes, otros paradigmas: Daniel F, Rafo Raez se ven como sujetos a emular. Música desaforada como el metal, el ska, el punk, alimentan la creación literaria de jóvenes aedos como Pedro Olórtegui. Para él, atrás quedaron los poemas sentidos, de intensidad lírica. Importa ahora lo prosaico, lo brutal, lo erótico, lo burdo. El sentimiento de inconformidad con el mundo se desliza por los versos. 
“Entre el sudor de tu cuesco 
Me hice una paja y me di un abrazo 
Y entre putas y mancebas hece el amor por una obscena razón”. 
(Pedro Olórtegui) 

La retórica les aburre, la palabra sutilmente adornada no sirve para expresarse. Las cosas se dicen como son. Por eso no extraña que Kart Oharak asuma el tema del sexo sin tapujos. 

“La pus 
La caries la saliva 
La leche la mierda la vagina 
El esperma el chancro. 
La vejiga la voluptuosidad la sífilis, la peste la prostitución 
El mejor de los dones: el condón” 

Un sentido nihilista se mece sobre algunos poemas; la fatalidad, el pesimismo, la rutina y la zozobra. 

“Junto al rumor de su remo insatifecho 
Caronte ansía el tercio existir de mi juventud 
Que se desliza por el cemento helado 
Con la única idea con la que vino al mundo 
Sosegar la soledad de los nidos 
Donde el canto es miseria, largo atardecer” 
(Cristiam Araujo) 

“El haztío hinca tanto en mí… aztal vómito 
Se estremece y se despoja y el fracaso tose sobre un café… 
A la hornacina más cómoda 
Donde huele la temprana ausencia” 
(Pedro Olórtegui) 

Ricardo Ríos cuestiona los parámetros establecidos en lo que se ha llamado la literatura ayacuchana: “Nos escudamos a veces tras la necesidad de rescatar lo nuestro, y vemos allí una veta magnífica, ¡ah, qué ilusos somos!, los poemas en Runasimi nos conmueven, aunque sean unos bodrios. ¡Qué hipócritas somos! ¿No sabemos acaso que la poesía no tiene idiomas? Descubramos esta veta, no sigamos añorando un pasado que sólo existirá cuando lo construyamos con nuestro presente”. (Ríos: Epístolas del orate sensato) 
Sin embargo la poesía que Ricardo Ríos cuestiona aún se cultiva: 
“Wayra, wayrita 
Chiri wawqillay 
Sunquyman nichkanki 
Qunqaruy, imilla” 
(Vladimir Pizarro) 

“Tuna, tunita 
Bordada de agujitas 
Coponcito de los andes 
Pepitas de miel” 
(Cayo Santos) 

El estilo sarcástico de las canciones quechuas también se manifiesta en los versos de Willy del Pozo para irse contra el sistema y sus miembros. 

“El tayta cura me ha bautizao 
Con agüita del río Chacco 
Cervecita se ha chupao 
¡ay! qué penita carajo”. 

Se critica al Perú recurriendo al uso de vulgarismos y la palabra franca. 

“¡Oh! qué podrida juventud 
Vieja y austera 
¡Oh! qué polvorienta ciudad 
Sucia y corrupta 
¡Oh! qué país más piojoso, 
Tiene más mierda que mi culo”. 
(Kart Oharak) 

La cuestión humana, la desazón, el pensamiento filosófico también ocupa a estos jóvenes. 
“Cuentan algunos 
Que un tal Cristo 
Llevó sobre sus espaldas 
El pecado del hombre. 
Yo sólo conozco a él 
Nacido de una hoja-pesebre 
Y he visto sobre sus espaldas 
El estúpido pecado de Dios.” 
(Ricardo Ríos, Canto a la liberación del caracol) 

Raúl Vargas dijo alguna vez que el amor por más que se explote siempre aparecerá como un tema original. Y es que nadie quiere igual. 

“Para qué buscar tus pasos 
A través de puentes y asfaltos 
Engullendo una pastilla 
Un analgésico para calmar mis nervios heridos 
Si definitivamente no volverás 
¡Oh mariposa intrigante! 
Para qué mirar los rostros donde ya no estás 
Si inexcusablemente dejarás vacío mi poema”. 
(Jorge Oré Carhuas) 


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